viernes, 19 de febrero de 2010

Buenecia y otras fábulas

Entre integrales y chistes... Escondidos tras sus máscaras de infantería... Resuenan por encima de las hojas: llenas de tinta y grafito. Especulan, pertenecen y continúan... Alguien los mira y tiñe de imágenes.

Afuera empañados cientos de ojos intentan distinguir inscripciones en los colectivos. Mentira: solo el color y el número bastan. Otros necesitan distinguir otros signos en distintas miradas y perspectivas. Pero, según dicen, con la lluvia no se ve a más de cincuenta metros a la distancia. (Dichosos de ellos: se tomaban de las manos y parecían distinguirse bastante bien).

Continúen... Así. Ahora emprenderán el viaje de retorno... Uno a uno. Suban. Los trasladores están esperando. No teman a que las ruedas no se vean bajo la nueva 'Venecia'. Nadie permitirá que ocurra una tragedia. No hoy.

Desciendan. Busquen paz en sus mentes. No prediquen desencanto por demasiado tiempo. Siempre se puede empezar de nuevo, es verdad. Pero es mejor no postergar el comienzo. Siempre puede elegirse: pensarse en los finales que se acumulan o en los comienzos que significan; lamentarse por la falta "de" o contentarse por la posesión "de".

Habiendo descendido. Zigzagueando por unas calles entrecortadas ya no me encuentran sus ojos. Menos sus sonrisas y prejuicios. El eco de sus palabras quedó sepultado unos cuantos pasos atrás. Y unos cuantos adelante un paraguas desecho presume el enojo de su ex dueño/a.

Bendita (y maldita) sea la invención del "teléfono móvil". El escuchar su voz supuso un acortamiento y una mayor rapidez en el trayecto y en la llegada, respectivamente.

Todo está en calma. Esperenme... Quiero verlos mejor al abrir los ojos...

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